Ya antes de los año 30, S. Freud propone una relación entre la adicción y la espiritualidad. Se trata de una correspondencia que hace el padre del psicoanálisis entre los narcóticos y los consuelos religiosos, la adicción y la religiosidad. “Evidentemente, el hombre se encontrará así en una difícil situación: tendrá que confesarse su total desvalimiento, su nimiedad dentro de la fabrica del universo; dejará de ser el centro de la creación, el objeto de los tiernos cuidados de una providencia bondadosa.” Pareciera que el hombre no puede abstenerse del consuelo de la ilusión religiosa tanto como del uso de sustancias adictivas. La una como las otras están siéndole precario sopote para intentar tolerar la realidad, las fallas, los límites, el fin. Es en la adolescencia, esta etapa que en algunos, cada vez mas, es temprana en comenzar (9/ 10 años) y tarde en finalizar (35/45 años), donde el sujeto debería poder ya valerse y cuidarse por si mismo que aparecen junto con el consumo y el abuso, las adicciones. Esto, que suena muchas veces como una sola cosa, no lo es. El consumo no es lo mismo que el abuso y el abuso no es lo mismo que la adicción. El consumo continuo puede llevar a la satisfacción sustitutiva; el abuso en cambio conduce al total aturdimiento, a la absoluta insensibilidad y puede terminar con la vida. Pero la adicción es otra cosa, La “a-dicción es, en tanto acto, una puesta en juego del destino del sujeto. No importa ya que es lo que el “a-dicto” no puede decir acerca de si mismo, no se trata de silencio de palabras, sino del lugar que ocupa en el destino de si mismo cada uno de estos seres humanos.

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